Por Salvador González Briceño*...

En tiempos “normales”, digamos de no tanta presión poblacional, en todo el mundo migrar —dejar su lugar de residencia— es cosa cotidiana.

Para ejercer la movilización “legal”, digamos, bastan unos ahorros; solo a la “ilegal” le cuesta más, andanzas y dinero que muchas ocasiones es “prestado”.

Ir de un país a otro, primero de paseo, por asuntos de negocios o de plano para cambiar de residencia es algo normal y “legal” en la historia moderna, incluso como parte del “progreso” individual o colectivo.

Países enteros se han beneficiado con este fenómeno de la inmigración (personas que van a otro país distinto al de su lugar de nacimiento), porque son otras caras, nuevas ideas, otras oportunidades, humanas e incluso de negocios.

Como sabemos, Estados Unidos (EUA) es un claro ejemplo, desde su fundación, el siglo XV al XVIII. Las corrientes migratorias que llegaron a estos lares, al país del “norte” del continente “americano” (por eso de Américo Vespucio), solo entre 1820 y 1930 significaron más de 30 millones de personas (32.5).

La migración reciente hacia el viejo continente europeo, procedente del norte de África, Medio Oriente, Oriente Medio y Europa Oriental, ha sido apabullante. Se trata de la migración forzada, por el hambre y la violencia.

Entre las varias causas del fenómeno están las estructurales, como las siguientes:

1) Por economías en crisis (oleada última de 2008-2009 a la fecha) frágiles y con bajo crecimiento, de tal manera que no alcanzan a satisfacer las necesidades;

2) La violencia desatada, que desestabiliza países enteros, con fines ajenos a los propios —regularmente geopolíticos—, y cuyos gobiernos derrotados o débiles, también incumplen con el “bienestar” de su gente;

3) Por bandas de asesinos a sueldo, los llamados terroristas o mercenarios que irrumpen territorios con fines invasores o apoderarse riquezas naturales;

4) Las bandas criminales internas, como del multimillonario negocio de las drogas, cuya presencia en Latinoamérica (Colombia y México), es brutal (por la violencia y desestabilidad creada).

Para entender el fenómeno de la inmigración en general, más en particular para atenderlo en nuestra región (como la reciente oleada desde Honduras a México), con rumbo fijo hacia los EUA, baste mencionar la desigualdad, la pobreza extrema, frágil salud, servicios pésimos, sin oportunidades de empleo o pésimos salarios, entre otros.

En pocas palabras, la falta de inversión, el abandono de la población, los estados débiles y una clase política incapaz de enfrentar con éxito las causas.

Ahora es el problema de la última ola de inmigrantes procedente de Honduras y El Salvador, en su paso por México. Mientras el vecino del norte solo reparte odio, cuando siempre ha sembrado pobreza generalizada en la región por siglos.

Se trata de al menos unos tres mil jóvenes, mujeres y niños, que conforman la caravana de paso. Claramente se trata de un asunto regional, donde el país destino solo pone un “sueño americano”, hoy decadente como imperio que fue. (21/I/2020).

(*) Director de El Día (2009).

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