Pero otra es la función, la que debe adoptar —o debería tener— del gobierno federal, en este caso de Andrés Manuel López Obrador en México. Tema delicado, complejo y complicado, ciertamente. Eso no es novedad. Tampoco el machismo y Octavio Paz lo describió muy bien en El Laberinto de la Soledad.

Pero este no es espacio para hablar de literatura, sino de realidades. Los crímenes cometidos contra mujeres, jóvenes y pequeñas, no tienen calificativo. Son de lesa humanidad, llámeseles feminicidios, violencia extrema de género o violencia contra las mujeres. Es inaceptable en todas sus expresiones.

Duele, como cuando le han desaparecido a uno un integrante de la familia. No hay manera de expresar el sufrimiento. El dolor se lleva dentro. Cuantimás un hijo. Eso es para no encontrar paz interna el resto de la vida. Para cualquier madre o padre es como morir en vida. Si la muerte de un hijo es dura, tanco como la pareja, van de la mano.

De esa violencia se ha levantado la ola, por los crímenes —feminicidios— en México en estos días. El caso de Fátima, pequeña de 7 años, ha pegado hondo. Como de otras jóvenes igual. Más las niñas, las jóvenes cruelmente asesinadas, desolladas, violadas, denigradas.

Ante eso, algo que ha levantado fuertes críticas al gobierno de Obrador es que se victimiza en lugar de ponerse en los zapatos de las familias afectadas. Y de las mujeres, y la sociedad en general. Es el mismo trato, en la atención de los feminicidios, como el que se da para impedir los asesinatos de los periodistas.

Dos son las justificaciones del gobierno, de Obrador:

1) Que se está atendiendo el problema de la violencia, con las reuniones diarias del Consejo Nacional de Seguridad y el despliegue de la policía —la Guardia Nacional—; que se está arrancando a los jóvenes de los criminales con los programas sociales, salvo que eso está resultando, a ojos vistas, claramente insuficiente en tanto continúan la impunidad y la corrupción del sistema de procuración de justicia en el país;

2) La indiferencia desde el gobierno para atender asuntos específicos, los que se presentan el día a día, posición que deja el sentir molestia en los afectados, y en la sociedad por el desinterés.

En ambos casos resalta el desdén, lo que al mismo tiempo no es más que incapacidad —o falta de visión— para resolver este asunto de alto impacto social. En esto, los feminicidios están al punto del desborde, con el enojo de por medio, de las mujeres que se manifiestan y las que no pero apoyan desde redes sociales.

Es decir, si la movilización social ya es una preocupación para cualquier gobierno, más lo es con actores molestos y altamente ofendidos. Como las feministas que están saliendo a las calles, en protesta por dichos asesinatos como por la insuficiencia en las acciones de gobierno y las políticas públicas.

Obrador está ante un problema nada fácil. Es verdad que se presta a que la protesta sufra la infiltración de actores violentos, y que la derecha intervenga para denostar al gobierno. Cierto. Pero el desinterés o incapacidad —más la indiferencia— saltan a la vista. Grave.

De pena ajena es el “decálogo del presidente de México vs la violencia hacia las mujeres”. Nada comprometido o comprometedor. Nada para resolver, menos apaciguar a las conciencias. Nada para resolver el feminicidio. Tampoco para no dar elementos a la derecha para encaramarse en la cuestión. Nada para atender un problema social de fondo como —insisto—, los asesinatos de los periodistas.

Que es un asunto del neoliberalismo, sí. Que es fruto de un pasado reciente, también. Que es tema para que la derecha se le vaya a cuello a Obrador, igual. Que se presta a la manipulación de quienes se manifiestan en contra, desde luego. Pero que es clara muestra de la ineficiencia, también. Que la violencia no para, qué decir.

El decálogo es muestra de lo anterior: “Estoy en contra de la violencia”, bien, pero lo estamos todos y eso no resuelve. “Se debe proteger la vida de hombres y de mujeres”, bien, pero el “se debe”, ¿quién debe?, el gobierno no puede eludir. “Es una cobardía agredir a la mujer”, lo es, pero qué se hace por ello; qué por la integridad de las familias, lo que sea es poco, menos cuando no se reconoce un problema está lejos de resolverse.

“El machismo es un anacronismo”, lo es, pero una declaración no basta; lo mejor sería erradicarlo de raíz, incluso de la cultura familiar, como evitar la preferencia por el hombre en atenciones, en cuidados, etcétera, y eso es un tema también de cultura familiar.

“Se tiene que respetar a las mujeres”, desde luego que se les debe respetar, pero la violencia está en todos los medios de comunicación, y no hay legislación en contra de eso, como balaceras y traiciones en comedias y películas gringas, mexicanas y colombianas, que solo propagan balaceras y asesinatos.

“No a las agresiones a mujeres”. “No a los crímenes de odio contra mujeres”. “Castigo a responsables”. “…Garantizar la seguridad de las mujeres”. “Nuestro compromiso…con la paz y la tranquilidad”.

Si no pasamos de las declaraciones a los hechos, el problema seguirá. Si no hay políticas públicas comprometidas no habrá acciones de gobierno efectivas. Sin legislación menos. El tema de la violencia en general no sube de la mera cuestión de policías y ladrones, y eso será la piedra en el zapato para el gobierno.

Lástima. Tan lamentable y deplorable como denigrante. Por último, cabe aclarar, que con el dolor no se juega. La sociedad no lo perdona ahora ni nunca, más allá que la derecha oportunista se monte en el tema. En lastre, eso sí, se convertirán los feminicidios para el gobierno si sigue el desinterés o la descalificación.

Como la carencia de legislación y de políticas públicas convincentes. (18 de febrero de 2020).

*) Director de geopolítica.com. @sal_briceo.