Entre las causales, las últimas, destaca la rapacidad del sector financiero especulativo por arriba de la economía real, con millonarios créditos baratos para unos cuantos —los bancos, “tan importantes que no pueden quebrar”—, y las políticas de la Reserva Federal que imprime dólares a toda máquina. Medidas para sostener una economía de pillaje, como ocurre en los países desarrollados, a beneficio siempre de una cúpula y un crecimiento económico ficticio.

Contra Natura, pero con el coronavirus pretenden hacernos creer —quienes controlan el miedo— que la madre naturaleza se volvió, de golpe y porrazo, contra sus depredadores los humanos. Un procedimiento tan oscuro que asemeja más “arma de destrucción masiva” creada en laboratorios, que algo normal.

Es decir, el presunto origen chino del virulento agente y el increíble contagio por el murciélago, como plaga que corre a la velocidad de la luz dirigida a países específicos resulta, más que otra cosa, un asunto criminal de ordenanza occidental.

Porque curiosamente los contagios alcanzaron a más de 100 países en unas cuantas semanas. Un fenómeno “científico” creado con fines económicos y propagado para desestabilizar y dominar utilizando el miedo como estrategia social.

La pandemia amenaza

Pues bien, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró “pandemia”, fue porque el Covid-19 rebasó los límites de contagio “natural”. Se volvió amenaza para la humanidad, por los fallecidos en países específicos como China, Irán, Italia y España.

Es decir, una crisis a modo para causar desastre a los “enemigos geopolíticos” de Occidente; para golpear a países incómodos, la vieja Europa incluida hoy enemiga del Brexit. A Irán. Y a China también, por la fortaleza económica y la competencia global para el ya añejo predominio estadounidense.

Basta minar el avance de China, país que pronto conquistará el mundo con la Nueva Ruta de la Seda. Una iniciativa para generar inversiones millonarias en infraestructura a su paso por los países de la ruta, acción incluyente de amplio alcance, aún dentro de la modalidad neoliberal-conservadora de la globalización occidental.

Sin dejar de lado, desde luego, los avances económicos conseguidos a la fecha en los mercados otrora controlados por la fuerza única del dólar, y donde el viejo esquema de la guerra fría era lo importante. Ruta de contención moderna del control estadounidense, por China como fuente del poder mundial, uno de los brazos de la multipolaridad internacional que avanza hoy.

Otra de las ideas es que el motor asiático ha recomprado tanto la deuda pública de los acreedores, en las actuales condiciones de baja de acciones por las bolsas del mundo causa de la pandemia, que o bien recompra las propias o adquiere otras del bloque occidental. Como que a río revuelto… Sin dejar de lado, renglón aparte, que empresas chinas destacan en sectores de punta por encima de las gringas.

Esto es, que el golpeteo a empresas de origen chino en términos de producción, exportación y por tanto de ganancias, como lo pretendió Donald Trump mediante la “guerra comercial” desatada, que solo trajo dolores de cabeza a Washington y sus multinacionales, que más pronto que tarde salieron perdiendo.

Basta recordar que a Trump se le olvidó que la economía globalizada funciona vía las cadenas de valor, en donde las chinas son altamente competitivas en calidad y precio nada fáciles de aniquilar, como era la idea inicial del presidente del “América primero”.

Por cierto, los últimos meses Trump hizo de todo para debilitar a la economía china, pero solo consiguió fortalecerla. China regresó golpe a golpe a la economía estadounidense, en áreas visibles como telecomunicaciones, robótica, vacunas anticoronavirus incluidas, etc.

La defensa financista

Lo dicho se puede medir también en los mercados financieros, que han resentido el impacto de la pandemia; en las bolsas de los países del mundo, principalmente Wall Street, que han sufrido dos fuertes caídas dadas las expectativas de inversión y ganancia (coronavirus, depresión, caída de los precios del petróleo, etc.) que están por los suelos.

Otra de las interpretaciones es el rescate del sistema financiero —sobre todo estadounidense—, tanto de grandes empresas como de bancos para evitar su quiebra. De ahí que la Reserva Federal (Fed) como ente privado, haya decidido bajar las tasas de interés al máximo, de entre el 0 y el .25 por ciento.

Una jugada maestra para, entre otros fines, evitar el resquebrajamiento de la economía estadounidense en forma de crisis estructural, al punto del estallido por su extrema fragilidad: deuda, deflación, dinero fíat, falta de crecimiento, alta concentración de riqueza y abandono de trabajadores y clase media, pobreza social, sistema escolar deprimido, etc.

La economía de este país, por cierto, no se recupera desde la crisis bursátil del 2008-2009, cuando la llamada flexibilización cuantitativa rescató a los “grandes inversionistas” para evitar su inminente caída, pero nada más. Salida en falso que mejoró nada la economía real. En ese contexto aparece hoy la salvación, la pandemia para evitar una depresión superior a la de 1929.

No es novedad que, en teoría el modelo de producción de capital —capitalista en esencia, aún en su fase imperialista-especulativa— no se salva de las inevitables crisis cíclicas, así le dé mil vueltas. Peor ahora que la volatilidad financiera desde Wall Street es alentada desde las medidas adoptadas por la Fed.

Otro de los impactos de la pandemia se refiere a los energéticos. Pronto, desde las caídas bolsistas del mes de marzo, la amenaza alcanzó al mercado petrolero, cuando los productores no pudieron acordar sostener cuotas de extracción-exportación, y de ese modo mantener niveles aceptables de precios internacionales de barril de petróleo.

En esto, por cierto, tanto Arabia Saudí como Rusia —ni siquiera la OPEP y menos los EUA—, le apuestan a ganar más que perder, por no decir que pueden controlar el mercado. Al contrario, para Trump que le apuesta todo al petróleo esquisto, pero solo sirve para amenazar a los principales productores, no para competir. Ni para el abasto de sus propias necesidades, esa máquina que es la mayor consumidora del mundo, menos para controlar el mercado mundial. Por ello insiste en invadir a Venezuela.

El miedo, el shock

Sobra recordar que —entre otros de los impactos descritos hasta ahora— gracias a la manipulación mediática sobre la pandemia Covid-19, la población mundial ha entrado en una etapa de shock, de miedo literal donde avanzan las compras de pánico, hasta de víveres. El miedo como estrategia de dominación y de control, para los fines a los que haya lugar, según las políticas del decadente imperio estadounidense.

Suena el run-run que se trataría de obligar a la población del mundo a vacunase —sin importar a nadie la cifra de los caídos—, con una dosis cuya incrustación serviría para colocar bajo la piel el chip —el sello de la bestia—, como lo han orquestado los pregoneros del viejo Nuevo Orden Mundial (NOM).

Vieja idea, porque ya se acabó la era del control unilateral, del predominio del complejo militar-industrial de los halcones guerreristas, del Pentágono y todos aquellos grupos promotores de las guerras. Los del viejo orden mundial comandado por el hegemón dominante a la caída del bloque soviético; ese país, EUA, ya no existe de cara al pujante orden multilateral frente aquellas potencias que están dando la batalla como China y Rusia, India, Irán y otros.

Baste señalar por ahora, que entre los presuntos implicados creadores y propagadores del coronavirus, destacan personajes como Bill Gates, asiduo promotor y defensor del viejo NOM mencionado. Este personaje anticipaba ya en 2015, sobre el peligro de un microbio “altamente contagioso”, más agresivo que una guerra, al tiempo que afirmaba: la “comunidad internacional” no estaría preparada para una “pandemia”.

Así, en una de esas “charlas TED” (bajo el eslogan: “ideas que vale la pena difundir”), Gates anticipaba “algo parecido a lo que ocurre ahora” con el Covid-19. entonces hablaba de la amenaza, de una virulencia “altamente contagiosa” que metería al planeta en apuros.

Algo capaz de “matar a 10 millones de personas, (y) no serán misiles sino virus”, el cofundador de Microsoft como gran adivino. “Puede ser —advertía entonces— un virus en que las personas se sientan lo suficientemente bien al estar infectadas, como para subirse a un avión o ir al mercado, y sucedería que pronto se extendería por el mundo, muy rápidamente”.

En este sentido, agregó Gates: “Es momento de poner todas nuestras buenas ideas en operación, desde imaginar escenarios, pasando por la investigación sobre vacunas y el entrenamiento a trabajadores. No hay necesidad de provocar pánico… pero hay que empezar a actuar”.

Y concluía así: “Se ha invertido muy poco para detener epidemias. No estamos preparados para la próxima epidemia”. (Fuente: https://tinyurl.com/vu45pgf). ¿Cuántos más de esos inversionistas asesinos estarían detrás del coronavirus? ¿Cuántos más de ellos, laboratorios e investigadores, serán los generadores de esta guerra de “destrucción masiva” moderna?

No de gratis se menciona al coronavirus, como creación de países desarrollados ha sido propagado con fines geopolíticos. En donde EUA es el primer señalado —otro, Israel—, imperio en decadencia dispuesto a empuñar un arma en contra de la competencia de la multipolaridad.

La disputa geopolítica

Fiera herida, o pataleos de un imperio decadente. Donde, entre otras cosas, la pandemia sirve para contener la inminente caída del imperio, desde adentro por factores internos. La pandemia es uno de los métodos. Solo uno de los tantos que utiliza el imperio estadounidense en su lucha por sobrevivir, en un mundo que dejó de ser unipolar y avanza hacia la multipolaridad.

La disputa está en todos los escenarios geopolíticos. Trump, con su tesis de América Primero, avanza en su lucha por la conservación de su liderazgo y control por todos los métodos, mediante la guerra en todas sus expresiones y con el apoyo de los medios de comunicación controlados desde Washington.

EUA, ahora, no tiene más aliados que Gran Bretaña. Otros como Israel, Japón, Canadá, Australia, entre los más, son condicionales. La mayoría de países, entre otros como la Unión Europea, rechazan las decisiones estadunidenses. La disrupción de Trump en el escenario global no tiene el consenso, menos porque ha roto la arquitectura jurídica internacional construida al menos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Por ello, a los países que disputan la hegemonía del decadente imperio, Rusia y China, se suman otros como India, Irán (Cuba y Venezuela por Latinoamérica), más los que proceden cauta o soterradamente y no actúan abiertamente por las amenazas estadounidenses, como el bloqueo económico o la guerra como tal en Medio Oriente.

Es el caso de países como Alemania, Francia, etcétera, así como aquellos otros golpeados con la guerra, países que han sido invadidos para arrebatarles sus recursos naturales. En el terreno geopolítico, las disputas están en los frentes de batalla. Entre las principales potencias, la guerra es por todos los medios, terrenos y formas.

Estados Unidos, como la principal amenaza para el mundo. Aliado del terrorismo, el imperio estadounidense es el principal promotor, que financia y capacita y mueve los hilos de los grupos más violentos y útiles para sus fines. Sin olvidar el apoyo que recibe de países como Arabia Saudí o Israel en estos menesteres. Escenarios que cambiaron, principalmente a partir del 11 de septiembre de 2001.

Terrorismo de Estado. Con todos los artilugios de la guerra. Lo del Covid-19 es guerra biológica o bacteriológica. Ahora cabe preguntar: ¿Quién juzgará a los asesinos? ¿Quién los llevará al banquillo de los acusados?

Solo no hay que olvidar que la madre Natura tampoco calla. Ah, pero el cambio climático no existe. Como por decreto presidencial de los principales países contaminantes del mundo: EUA y China también. (18-20 marzo 2020).

*) Director de geopolítica.com, @sal_briceo.