Por Salvador González Briceño*

A 36 años del asesinato de Buendía.

A la memoria de los periodistas asesinados en México.

Manuel Buendía Tellezgirón (quien fuera acribillado un 30 de mayo de 1984 —hace ya 36 años—, cerca de las 6 de la tarde saliendo de su oficina en la Zona Rosa de la Ciudad de México) es un ícono del periodismo mexicano.

No el primero (antes sentaron rieles periodísticas Francisco Zarco, Ignacio Ramírez, los hermanos Flores Magón, Guadalupe Posada durante los siglos XIX y principios del XX), pero sí de quienes entre los años 70 y 80 del siglo pasado se metieron a las entrañas del poder político para desnudar, en su caso desde su columna Red Privada en El Excélsior, los claroscuros del poder.

Pero es icónico no solamente por su sensibilidad e instinto para meterse a investigar —era clave, único (y muy mencionado), ordenado y en fichas, su archivo histórico de personalidades y noticias relevantes— actitudes y mañas de políticos encumbrados, como aquellos alentadores de la engañifa creada por el “nacionalismo revolucionario” priista cual estrategia electorera y de manipulación para perpetuarse en el poder durante décadas.

También, y principalmente, por otras dos razones:

Porque describió el trabajo sucio de las mafias enquistadas en la estructura bien articulada por el PRI, para actividades ilícitas como el narcotráfico (las bandas y su control de mercadeo, en pleno auge); como el espionaje telefónico —el servicio de inteligencia para los “amigos”— y las arbitrariedades de las corporaciones policiacas (auténticas pandillas como la propia Dirección Federal de Seguridad, DFS) de su tiempo.

Porque entendió muy bien no solo el espionaje de los estadounidenses en el país, que está presente por lo menos desde los tiempos de Porfirio Díaz a la fecha, pero (otra vez) principalmente por una de las agencias especializadas tanto en espiar como organizar movimientos anticomunistas y revueltas militares contra gobiernos no afines a los intereses de Washington, presentes en Latinoamérica desde la Doctrina Monroe (la lista es grande: Nicaragua, El Salvador, Panamá, Chile, Argentina, etc. etc.).

Valga como ejemplo, sobre este segundo punto, el rol de dicha agencia —la CIA—, en el manejo del negocio del tráfico de drogas en la región, primero como instrumento financiador anticomunista, una arenga tan “caliente” como la propia guerra fría que pretextó atropellos a nombre de la disputa bipolar entre las dos potencias, una capitalista (EUA) y la otra comunista (URSS), luego como negocio del imperio comandado por la Agencia Antidrogas, la DEA.

Buendía se metió en estos temas, hasta donde su acceso a la información le dio. No tanto, pero sentó bases para que los periodistas mexicanos de la posteridad —como ahora, desde la mentada “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón— entraran de lleno a los túneles de los negocios ilícitos que se han gestado desde el poder político (en clara colusión), siempre con el auspicio —secreto y nunca negado— de agencias como la CIA, cuyos agentes son claramente injerencistas de los gobiernos estadounidenses en México.

Luego entonces, además de entregar lecciones de cómo hacer buen periodismo —Buendía heredó mucho material en ese sentido (Ejercicio periodístico, En defensa de la palabra), como igualmente lo harían otros como Vicente Leñero o Miguel Ángel Granados Chapa—, se ocupó de uno de esos problemas que siempre están latentes: la siempre activa política intervencionista del vecino del norte, los Estados Unidos de América, en la vida económica, social y política de México.

De esos recovecos que comentó Buendía en compilaciones como La CIA en México, La Ultraderecha en México (entre muchos más: Los empresarios, Los petroleros, etc.) y los entresijos del poder corrupto de los políticos mexicanos que son capaces de todo, como los grupos de derecha en el resto del continente.

Por eso es recordado cada año, en el aniversario del crimen. También, porque su homicidio es ejemplo de los claroscuros de la política, de la impunidad, y de los asesinatos de periodistas en México.

De ahí la conmemoración, la memoria que es histórica. De ahí el recuerdo de uno de los pilares del periodismo mexicano, como otros de los grandes de esta profesión. Por el esclarecimiento de un repudiable crimen (Buendía fue vilmente baleado por la espalda). Se detuvo a un presunto “asesino material”, como un “asesino intelectual”, pero las redes del poder político del corroído sistema político mexicano encubrieron al verdadero y cobarde autor. En su conciencia, si es que la tiene.

¡EN DEFENSA DEL PERIODISMO!

¡POR LA VERDAD!, ¡POR LA JUSTICIA! ¡POR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN!

¡CONTRA LA IMPUNIDAD!

 (28-29 de mayo de 2020).

*) Director