La situación de la política en su aceptación general, y de las relaciones internacionales, así como la de las psicologías y la cultura, es hoy enteramente crísica. La “crisis” es hoy la sustancia y la esencia del mundo, y debe constituir el centro de nuestra atención permanente, de nuestro análisis y nuestra intuición. El espíritu del fenómeno, la crisis, debe ser imperativo de defensa. Pero ¿defensa ante qué? ¿Dónde está el enemigo? Este se desvanece como ha ocurrido en los ataques a Líbano, Bruselas, Corea del Sur y los Emiratos.

El caos avanza más rápido que nuestra información sobre el acontecer, que es destrucción y autodestrucción.

En tres o cuatro meses el ataque al género humano será multidimensional. Los políticos son incapaces de entender lo que ocurre y procuran abstraerse del curso de la entropía. De las intenciones contrarias al Sistema social y financiero que destruye el mundo debe nacer la alternativa civilizatoria. Pronto será demasiado tarde y nadie se dará cuenta de la tardanza.

La peste enseñó la humildad a los europeos del siglo XIV. Pareció que Dios había enviado la peste sobre las culturas monoteístas con el objeto de que las personas no perdieran de vista su insignificancia y fragilidad. Y si tuviéramos la necesidad de combatir la peste en medio de un estado de emergencia, reclamando mascarillas, respiradores y más medicinas de las disponibles, lamentaríamos no ser capaces de vencer la epidemia con nuestros propios recursos sin cambiar nuestro modo de vida. Procuraremos que la resiliencia, o vuelta atrás, al estado donde la "normalidad" dejó de ser, niegue a esa resiliencia su papel de alternativa imprescindible.

La resiliencia no nos permitirá vencer el aburrimiento y vivir como antes. Restablezcamos la economía capitalista, los valores laicos y divirtámonos en nuestro camino hacia una humanidad autónoma; sometamos la idea del progreso a una inteligencia artificial que ha despuntado en las escuelas públicas del Tercer Mundo y que nos una la aspiración común a modernizar digitalizando a nuestra sociedad.

Ya no permitamos el espacio al libre albedrío para dar paso, en cambio, a una predestinación indiscutible. Implantemos a toda la gente al final aparente de la epidemia y de la cuarentena de alta duración que nos agobian, toda clase de microchips en el cuerpo, y así intentemos suprimir al coronavirus y estorbemos la implantación de la peste.

La situación es dramática, como nunca antes en la historia. Por lo menos desde la Edad media en cuya etapa final dejamos de saber lo que es la diversión, para abrir el paso a esas infames reuniones interfamiliares que sólo permiten bostezar.

La consecuencia real de esta resiliencia es que el libre albedrío desaparece de nuestras potenciales vivencias y nuestro destino resulta inevitable. Este es el verdadero problema. Combatir para que no se propague la epidemia o al menos para no dejar que dure demasiado. Eso es correcto. Pero lo más importante es que nos preguntemos: ¿por qué ese flujo de cambios que nada cambiarían, y que dependen de un virus nos impide visualizar que hay otras epidemias en camino? Los peligros a que nos enfrentamos son, en efecto, multidimensionales. Incluyen a las finanzas, a los intereses geopolíticos y las estrategias geoeconómicas que, todas, han fracasado.

Si Dios no improvisa un plan B en los meses que nos separan al fin del año, tendremos que abrir el paso a los militares y los kamikazes de la información en la toma del poder de los Estados.

Por Gastón Pardo / 15 de agosto de 2020.


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