Por José Luis Avendaño

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¿Dónde se paró el águila?

En México, septiembre es el mes de la patria. En la madrugada del día 16 del año 1810, el párroco de Dolores, en Guanajuato, tomó un estandarte de la virgen de Guadalupe, dio el grito y llamó a coger gachupines.

Se libraría, también, una lucha de vírgenes: la de los Remedios y la de Guadalupe, más mestiza que india. En el cerro del Tepeyac (Tepeyacac) ya se veneraba a Tonantzin, nuestra madrecita. La Virgen Prieta, la llama Jorge Ibargüengoitia.

Mestizajes y sincretismos nos forman, como el barro.

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Juan Villoro, en su discurso de ingreso en el Colegio Nacional (2014), al hablar de Ramón López Velarde, Jorge Luis Borges y Octavio Paz,  resume el sentido de patria:

“Borges no podía admirar sin memorizar. La suave Patria se incorporó a su vasto repertorio. Pero le intrigaban ciertos localismos que pronunciaba sin entender. Uno de ellas era: ‘Patria, vendedora de chía’. ¿A qué producto nacional se aludía? Al encontrarse con Paz supo que se trataba de una semilla. Borges admiró que el poeta de las cosas mínimas describiera a su país como un vivero de semillas. La idea se perfeccionó al saber que la chía sirve para hacer agua fresca. ¿A qué sabe?, preguntó. La respuesta de Paz fue simple y poética: Sabe a tierra. El sentido de pertenencia de López Velarde se resume en esa frase. La patria es la tierra que bebemos sin darnos cuenta.”.

El grito, lo cambiaría Porfirio Díaz, del amanecer del 16 a la noche del 15, para que coincidiera con el día de su santo. Un signo, inequívoco, de autoritarismo.

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Once años después, frente a los hechos consumados (la consumación de la independencia en México fue el 27 de septiembre de 1821), la oligarquía centroamericana lanzó su grito. En ese tiempo, la Nueva España se prolongaba hasta Centroamérica.

La independencia como medida preventiva, así titula su narración Eduardo Galeano:

“En la noche de hoy, (14 de septiembre) de 1821, unos poquitos caballeros redactaron el Acta de Independencia de Centroamérica, que solemnemente firmaron en la mañana siguiente.

El Acta dice, o más bien confiesa, que había que declarar sin demora la independencia, para prevenir las consecuencias que serían terribles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo.”

Preventiva o desde arriba, a fin de evitar la independencia desde abajo.

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La lucha de independencia, que se inició en 1810 y culminó en 1821, si bien terminó con tres siglos de dominio español, no terminó con la base en la que sustenta el sistema capitalista, al que México contribuyó, con oro y plata, en su fase de acumulación originaria: la súper explotación del trabajo. Finalizó, sí, el periodo colonial, pero, a su vez, se incubó la etapa neocolonial, que dura hasta nuestros días: en 36 años de saqueo neoliberal, salió más oro y plata que en 300 años del periodo colonial.

¿De qué se libraba México (la Nueva España) en 1810-1821?

“En 1536, el virrey (Antonio de) Mendoza respondía a la escasez de mano de obra expidiendo una ordenanza que aprobaba tácitamente el trabajo de esclavos, pero mandaba que éstos recibieran alimentos consistentes en tortillas y frijoles, que se les impartiera educación cristiana, que fuesen curados de sus enfermedades y gozaran de descanso los domingos y fiestas de guardar (después de jornadas de trabajo de hasta dieciséis horas). No sabemos en qué medida los mineros obedecieron sus órdenes”.

(Enrique Semo. La conquista, catástrofe de los pueblos originarios. Facultad de Economía de la UNAM / Siglo XXI editores. México. 2019).

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Aparte de la explotación/esclavitud de indios y negros, entre los criollos (nacidos en Nueva España, hijos de españoles) había descontento. La grana cochinilla llegó a ser, junto con la plata, el principal producto de exportación de la colonia. En cambio, se le prohibió, por ejemplo, el cultivo de la vid para que el vino que resultase no representara una competencia desleal para la metrópoli, a manera de proteccionismo. En la burocracia y en el ejército, para los principales puestos se prefería a los españoles antes que a los criollos.

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*  “Todos los que llegaban eran gente pobre. Unos eran peones de hacienda, otros eran de los que viven en las orillas de los pueblos y trabajan un día de adoberos y al siguiente de aguadores, otros eran cerreros, gente que vive en el monte haciendo un poco de leña, un poco de carbón, matando un venado. Raro era el que llegaba con un caballo, más raro el que traía una escopeta, algunos llevaban machetes u hoces, la mayoría no llevaba nada. Todos tenían hambre, cosa que había de convertirse en una de nuestras mayores preocupaciones”.

*  “El juicio de Perillón duró seis meses, los fiscales fueron el licenciado Manrubio y el obispo Begonia, quienes lo acusaron, respectivamente, de veintiséis delitos civiles y treinta y dos eclesiásticos –todos múltiples—. El tribunal lo encontró culpable de todo. Pero no paró allí la cosa: querían que se arrepintiera de lo que había hecho y que firmara un acto público de contrición.

“Dicen que Periñón preguntaba:

“–Si ya tienen me condenaron, ¿para qué quieren que me arrepienta?

“—Para poder darte la absolución, Domingo –contestaba el obispo Begonia.

“—No me interesa.

*  “El veintisiete, en la madrugada, le llevaron el escrito. Dicen que lo leyó cuando estaba desayunando y cuando terminó el chocolate, firmó. Después lo llevaron a un basurero y lo fusilaron.

“En el lugar donde escurrió su sangre, dice la gente, nació una mata de ese nopal chiquito que da flores rojas y se llama periñona.

“Dieciséis años pasaron antes de que alguien se diera cuenta de que, en el acto de contrición que le llevaron, Periñón, en vez de firmar, escribió nomás López”.

—“Los demás no entraron en la historia Patria y no tienen por qué aparecer en ésta”.

—Jorge Ibargüengoitia. Los pasos de López. Joaquín Mortiz / Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal. México. 2003.

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Casi 500 años después (tres siglos de colonización y otros dos de vida neocolonial), nuestra raíz india sigue viva en nosotros, no sólo en la piel y la lengua, no obstante nuestro afán por blanquearnos. En solicitudes de trabajo, cuando se nos pregunta por nuestro color de piel, casi todos respondemos: morenos claros, pero ante a un taco nos delatamos y rendimos.

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¡Viva México, cabrones!

Ni modo.


Por José Luis Avendaño. Colaborador.