La mayoría de los bancos centrales a nivel mundial han asumido un protagonismo determinante en la respuesta ante la crisis económica surgida a partir de la pandemia de COVID-19.

Entre algunas de las medidas que han promovido destacan las inyecciones masivas de liquidez para evitar el colapso del mercado financiero, así como la implementación de programas multimillonarios para la compra de activos. Este tipo de medidas han profundizado algunas de las prácticas que los bancos centrales realizaron durante la crisis de 2008, por lo cual el aumento del déficit público ha comenzado a preocupar a varios especialistas.

Las próximas reuniones del Fondo Monetario Internacional ahondarán en debates sobre el déficit necesario para superar la crisis y las alternativas para dotar de recursos a los presupuestos nacionales tras la pandemia. En todo caso, a corto plazo los inversores han señalado su preocupación por la posibilidad que los gobiernos detendrán la recuperación económica gastando muy poco.

JPMorgan, por ejemplo, predijo que el actual impulso fiscal para la economía global puede representar un obstáculo de 2,4% para el crecimiento en 2021. En este contexto de crisis, los bancos centrales han sido los principales impulsores del gasto deficitario, mediante la compra de franjas de la deuda resultante, así como prometiendo bajos costos de endeudamiento en el futuro, lo cual abona a esos pronósticos.

Sin embargo, los bancos también han dejado de lado sus propias herramientas para impulsar las economías, al decretar tasas de interés en cero o por debajo. En ese sentido, especialistas como Stephen King, asesor económico senior de HSBC Holdings, aseguran que estas instituciones han perdido cierto poder ante los gobiernos.

Japón fue la primera economía importante de la era moderna que vio una caída de sus tasas de interés a cero, tras el estallido de una burbuja crediticia en la década de 1990. En ese momento, la política monetaria se quedó sin mecanismos para estimular el crecimiento mediante el abaratamiento de préstamos. En respuesta, el Gobierno implementó varios estímulos fiscales, lo cual dio muestra de que los bancos centrales del mundo podrían perder fuerza a partir de políticas de ese tipo.

Después de 2008, gran parte del mundo se encontró en una situación similar. Al no poder bajar las tasas a corto plazo, los bancos centrales buscaron limitar los costos de sus préstamos a largo plazo comprando deuda pública. Los Gobiernos eran los principales prestatarios en las economías en crisis, lo cual expuso estas prácticas a diversas críticas.

Según Bloomberg, los estímulos fiscales tienen mayor impacto que las políticas monetarias debido a que canalizan los recursos directamente en los hogares o las empresas. Por ello, se les considera como medidas más adecuadas para brindar ayuda dirigida a quienes más la necesitan en una crisis, tal como actualmente se ha realizado con los desempleados.

En este momento, los banqueros centrales se han visto limitados a inyectar más poder adquisitivo en la economía a través de un canal indirecto: el precio de pedir prestado a bancos o mercados financieros. Ante esto, la pandemia amenazó con abrumar la capacidad del Banco Central Europeo para apuntalar las economías. Sin embargo, cada uno de los miembros de la zona euro ha impulsado diversas medidas para evitar ese escenario.

En Alemania, por ejemplo, los líderes comenzaron a poner sus recursos presupuestarios en común, una idea que aún enfrenta obstáculos. En todo caso, el Gobierno afirma que en el corto plazo no habrá retorno a presupuestos equilibrados.

A su vez, en el Reino Unido los conservadores, quienes defendieron las políticas de austeridad después del colapso de 2008, han comenzado a descartar una acción similar para enfrentar la crisis actual. Sin embargo, han señalado la posibilidad de aumentar los impuestos para financiar los esfuerzos de alivio tras la pandemia.

De modo similar, el nuevo primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, aseveró que la consolidación de la deuda deberá esperar hasta que la economía vuelva a registrar crecimiento. Igualmente, sugirió que no hay un límite estricto para la cantidad que el Gobierno pida prestado para financiar la economía.

Tras la Gran Depresión de la década de 1930, la política keynesiana se convirtió en la práctica común de la mayoría de los Gobiernos occidentales, lo cual implicó que los Estados utilizaran sus recursos para estimular la demanda y crear puestos de trabajo.

Hoy se pueden observar algunos indicios de que los Gobiernos apuntan en esa dirección. En Europa, algunos programas de prevé que COVID-19 cause recesión mundial tan La causa real detrás recuperación tienen como principal objetivo la creación de empleo y la sostenibilidad ambiental. Del mismo modo, el proyecto de Gobierno de Joe Biden promete una revisión de la energía verde en Estados Unidos.

Asimismo, la nueva escuela de la teoría monetaria moderna ha ganado fuerza al defender programas financiados con fondos fiscales. Pero, a fin de que eso suceda, la política fiscal no solo debería ser utilizada a corto plazo para "sacar a la economía de la depresión", sino que también debe apuntar hacia objetivos de largo plazo, como reducir la desigualdad o las emisiones de carbono, indicó la economista en jefe global de Citigroup, Catherine Mann.

Otros especialistas, mencionados por Bloomberg, consideran que la renovación de la gestión económica debería haber ocurrido después de la crisis financiera de 2008, aunque observan indicios de que ese giro podría consolidarse tras la pandemia.

Antes, los políticos se resistían al tamaño de los déficits y la deuda, pero hoy "claramente vivimos en un mundo dominado por la política fiscal", aseguró el execonomista jefe del gigante de bonos Pacific Investment Management, Paul McCulley a Bloomberg.

00:16 GMT 13.10.2020(actualizada a las 00:17 GMT 13.10.2020).


Fuentes Abiertas, FA.- https://tinyurl.com/y69wf8hh