“Mi capitán gritaba sin cesar: ‘¡Fuego, fuego!’ Un niño muy pequeño se incorporó, dio dos o tres pasos y se detuvo junto al cuerpo de otro niño. Un estudiante corrió a protegerlo. Las ametralladoras lo amortajaron con plomo. Un coronel ordenaba: ‘¡Tiren sobre todo lo que se mueva!’ El ruido era apocalíptico” (Los símbolos transparentes, de Gonzalo Martré).

En la historia contemporánea, 1968 es un parteaguas. Suele hablarse de un antes y un después del 68. Fue el tiempo de la irrupción de los jóvenes como sujeto histórico. De París a Berkeley (California), pasando por México. Los filósofos Marcuse, Sartre y Eli de Gortari, maestros. Y, en medio, la invasión soviética a Checoslovaquia, que cortó de tajo la primavera de Praga. La intención era y es conciliar la libertad con la justicia.

Aquí, en México, si bien se vivía un relativo desarrollo con estabilidad en la economía, predominaba el autoritarismo político, en que la del presidente en turno (del PRI desde 1929) era la única voz que valía. El movimiento estudiantil popular recogió antiguas, siempre renovadas, banderas, como de los ferrocarrileros, médicos y maestros. Como el día de hoy.

En el principio fue la palabra –el diálogo—, y bajo esta consigna, se imprimieron y distribuyeron hojas volantes por parte de brigadas. Era un ambiente lúdico con elementos críticos. Se trataba de socializar el conocimiento y la información sobre el movimiento. Nada que ver con ideas exóticas del extranjero, a no ser las de la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad, la revolución burguesa por excelencia. El gobierno de Díaz Ordaz vio moros con tranchete, y se decidió por la fuerza. Cientos murieron, o fueron torturados y encarcelados, y después obligados a salir del país. Como en los tiempos de la pax porfiriana, sólo había tres opciones: encierro, destierro o entierro.

Ahí queda la marcha encabezada por Javier Barros Sierra, el Rector de la Dignidad, después del bazukazo a la puerta de la Preparatoria 1 y la ocupación militar de Ciudad Universitaria. En aquellos tiempos, era delito ser joven y peor, ser estudiante.

Salvador Zarco, estudiante de Filosofía en la UNAM y corrector en el periódico El Día, fue de los muchos que fueron a dar a Lecumberri (prisión inaugurada en 1910 por el otro Díaz: don Porfirio), en el área de los presos políticos, acompañando a José Revueltas. Allí conoció a Demetrio Vallejo, líder sindical, y a partir de entonces decidió dejar la filosofía por el ferrocarril. Hoy, es el director del Museo de los Ferrocarrileros, por los rumbos de la Basílica de Guadalupe.

Así, infinidad de historias y memorias, personales y colectivas. Entre los testimonios que aparecen en La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, rescato el corrido dedicado a La Tita, Roberta Avendaño, representante de la Facultad de Derecho ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH). 

Por esos días, el poeta Ramón Martínez Ocaranza escribió:

“Y Quetzalcóatl lloró

como no había llorado nunca un Dios    

sobre

la

tierra”.

2 de octubre de 2019.


Colaborador.