Por Salvador González Briceño

*Detener las amenazas de la derecha en el poder compete a la propia sociedad civil

Libre del juicio político que pretendió expulsarlo definitivamente de la política en Estados Unidos (EE.UU.) —el segundo impeachment, inédito para un presidente de ese país— porque a los demócratas de la Cámara Alta no les cuadraron las cifras (57 votos contra 43, pero requerían 67 para los dos tercios que marca la Constitución), habrá Donald Trump para rato.

Lo que bien pudiera calificarse de complot en contra del expresidente —principalmente armado por el Partido Demócrata—, por su presunta responsabilidad de “incitar a la insurrección” el 6 de enero pasado en El Capitolio, fue conjurado por la mayoría republicana. Al tiempo que rompe la amenaza contra la población civil estadounidense.

Digamos que quedaron sobre la mesa varios temas, derivados todos presuntamente de la “insurrección” contra la “democracia”, cuando se irrumpió violentamente la sede del poder legislativo por los simpatizantes del todavía presidente Trump, pero se olvidó de “los respectivos infiltrados”. Un fenómeno que, tampoco es coincidencia, curiosamente tomó por sorpresa al FBI, a la CIA y a todo el aparato de inteligencia de un país de “guerras”, fabricación de “enemigos” y de “terroristas”.

Más allá de la sospecha que los “asaltantes” llegaron al Capitolio sin la mayor resistencia de la policía —con selfies de por medio, casi tour dentro de las instalaciones y la policía abriendo paso, entre otras “sorpresas”—, la llamada “democracia” no fue “amenazada” sino “utilizada”.

Sí, utilizada y con fines perversos. Primeramente, con ello se trató de ocultar el “fraude electoral masivo” que se perpetró en las elecciones del 4 de noviembre del 2020, y así “desfondar” el principal argumento de Trump para: desconocer el triunfo de Joe Biden, perder con más de 74 millones de votos en el bolsillo y, resistirse a “legitimar” el fallido proceso.

Qué decir, que la presunta “democracia” fue incapaz siquiera de brindar una salida “electoralmente creíble”, legal y sin sospecha porque en estado alguno se “limpió” el proceso, no tanto del conteo de los votos como de la cantidad de boletas distribuidas por estado ni los votos emitidos por ciudadanos reales.

Cuál democracia

Eso, el fraude masivo fue precisamente lo que no pudo demostrar Trump ni su equipo de abogados, Rudy incluido. Porque se trató de un fraude estructural, de muchos “operadores” que “financiaron” la elección: los del poder que manda, los mil billonarios. O, si no se cree, ¿cómo se explica el gasto de 14.4 mil millones de dólares? ¿En qué se gastaron? ¿Por qué se convirtió en la elección más cara de la historia de EE.UU.?

Sin olvidar esa gracia de la “democracia” que fue la “operación del sistema” para un candidato que hizo campaña desde el sofá de su casa, y cuyos votos ciudadanos no cuentan, solo el Consejo Electoral. Esa suerte de “gallina ciega” o avestruz cuyo control queda en manos de una poderosa oligarquía.

Pero no era ni es tanto la irrupción a la democracia lo que preocupa a los demócratas, para quienes la treta del segundo impeachment les falló, cuanto sacarlo de la jugada por la revancha electoral de 2024, que seguro retomará.

El otro argumento demócrata en contra del expresidente fue el protagonismo que ciertamente agitó en su cuatrienio, pero al mismo tiempo es parte del divisionismo social estadounidense que se mantiene bajo la alfombra desde la Guerra Civil: el racismo y discriminación contra los negros que permea a la sociedad en general, en forma de supremacismo blanco y la xenofobia.

Agitado, esto, como “terrorismo”, casi “yihadismo” para sostener la tesis de la radicalización masiva (sic) de la sociedad estadounidense. Se amenaza incluso de fascismo (sic). Esa tendencia, temible y peligrosa agitada por la derecha extrema en el poder, y que puede ciertamente agudizar las diferencias internas e irrumpir en más violencia. De darse, eso será el avance del “complot” contra los propios ciudadanos (¡perverso hacia adentro, peligroso hacia afuera!).

Este es, al final, de la mano de las acusaciones a Trump contra la democracia, y sacarlo de la política —por gracia y orden de sus “enemigos” del Deep Estate; los gerentes de la “guerra” y sus voceros “tecnológicos”—, el peor complot demócrata contra la sociedad estadounidense: cambiar la Constitución atentando a los derechos civiles, como ocurrió tras el 11S.

Peligroso complot del extremismo radical de la derecha gobernante, con Biden de presidente. Parte de un teatro que se cae por el fallido juicio. Pero agitado fuertemente por los propios medios coludidos. Un terreno tan inexplorado como amenazante. Peligroso.

Como saldo del juicio es que Trump ha declarado que su movimiento apenas comienza. Al igual que el trumpismo. Lo dicho: habrá Trump para rato. Finalmente, es falso —como afirman algunos—, que sea Biden el “ganador” del fallido juicio. Porque en los hechos el ganador es Trump. Dará mucho de qué hablar.

Al tiempo…

15 de febrero 2021.


Director de geopolítica.com