Por Salvador González Briceño*

*En la disputa geopolítica por el Heartland, EE.UU. pierde la guerra y los afganos entierran ya a tres imperios.

*El imperio estadounidense está perdido con el unilateralismo

 en declive, en tanto el multilateralismo avanza.

Estado de shock. Así se encuentra el mundo de cara a los acontecimientos (2020-21). Lo está por la pandemia del covid-19, propagada en los continentes sembrada con fines de exterminio —operación de guerra bacteriológica de última generación—. Pero recién, en la coyuntura, brinca el desastre causado por dos protagonistas: Estados Unidos y Afganistán, tras la invasión de 2001. Un conflicto con 20 años ya. Y la geopolítica da cuenta de ello.

Algunos antecedentes

Es ahora cuando el país ocupante trata de escapar, como gato de la ratonera, de un conflicto de dos décadas maquinado tras un 11 de septiembre, por el entonces presidente George W. Bush quien declaró la operación “libertad duradera” el mes de octubre 2001 al estado islámico, contra Al Qaeda y Osama bin Laden por ser los presuntos autores de los atentados terroristas a las Torres Gemelas de Nueva York.

Una invasión que se convirtió en la guerra más larga en la cual participa el ejército estadounidense, contra un país con menor potencial de fuego, pero más piedras en el camino en un territorio para contener potenciales imperios.

Solo ahora es cuando EE.UU. ha emprendido la retirada militar de su ejército, de aquél país asiático conforme a la promesa de la presente administración encabezada por el presidente Joe Biden, con fecha límite de entrega, el 31 de agosto.

Situación fallida, porque tan crítico es el retiro que solo exhibe la derrota sin más del ejército estadounidense, como las cosechas de todo el periodo de Guerra Fría tras la guerra de Vietnam, a excepción de la Guerra del Golfo en 1991 contra Iraq por la invasión a Kuwait.

Porque Bush y sus los halcones de la guerra irían tras los talibanes y su líder Bin Laden —exsocio de los Bush, producto de la CIA de tiempos de la resistencia contra la invasión soviética—, señalados rápidamente como los orquestadores del terror al corazón mismo del imperio.

A la postre sería claro que se trató de un plan para llegar y apoderarse de las reservas petroleras del Pérsico, desde el objetivo de un falso positivo porque investigaciones posteriores no han demostrado que Al Qaeda planeara el atentado —como sí lo había Arabia Saudí—, ni que las “armas de destrucción masiva” en manos de Sadam Hussein justificaran la invasión. En todo caso las armas biológicas en manos de Hussein le habrían sido entregadas por la CIA para la guerra previa contra Irán, de 1980 a 1988.

Afganistán, el otro Vietnam

Por lo visto, muy atrás quedaron las lecciones del expresidente del Watergate, Richard Nixon (1969-1974) de No más Vietnams (libro de Planeta), porque el imperio no aprendió la lección de la derrota propinada por el pueblo vietnamita al ejército mejor armado del mundo. Porque con Afganistán la historia se repite.

Y, “a menos que superemos los efectos del síndrome del Vietnam, los Estados Unidos tenderán al fracaso en cualquier iniciativa internacional que emprendan, tanto en el Tercer Mundo como en las relaciones Este-Oeste e incluso en las relaciones con nuestros amigos”.

Porque superar Vietnam significaría, para Nixon: “…(Brin)dar ayuda militar a los amigos, permanecer unidos nosotros mismos y con nuestros aliados occidentales, sobre todo mostrar pericia y la visión necesaria para desarrollar programas no militares con los que aliviar la pobreza, la justicia y la inestabilidad política que aflige a tantos países…”. Es plena Guerra Fría, y la confrontación con la Unión Soviética se cernía entre la presión “comunista” de alcance mundial y la descolonización de los países del Tercer Mundo.

En esos años EE.UU. estaría incursionando en América Central, como en África y Asia. Como la “pequeña operación en Granada”, a decir del mismo Nixon, donde el Congreso desaprobó presupuesto como “ayuda”; prueba de “no haber superado Vietnam”. Sin embargo, clave sería la reelección de Ronald Reagan, como muestra de que “el pueblo americano ha empezado a emerger de las sombras del desastre vietnamita. Su elección y reelección lo demuestran claramente” (¡sic!).

El caso es que ni con Guerra Fría ni tras la posterior caída de la URSS —en 1991 donde el imperio se creyó hegemón—, el ejército de EE.UU. dejaría de emprender guerras. Cierto que cayó (y calló) la “amenaza comunista”, pero quedaron los pueblos prestos a defenderse en su integridad, su país y su cultura.

Pero la maquinaria militar-industrial —el Pentágono, como ente autónomo incluso del poder presidencial, es una administración civil-militar hegemónico— seguirá perdiendo las guerras con el síndrome de Vietnam a cuestas.

A cuento viene que por cierto con el tiempo cambiaría la lógica militar: no ganar la guerra no significaría perder las batallas; es decir, que no colgarse la medalla en el campo de batalla no significa perder el control de los recursos naturales de los países invadidos.

El pivote geopolítico

Zbigniew Brzezinski, defensor de la guerra de Vietnam —consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter y director fundador con Rockefeller de la Comisión Trilateral (1973), como alianza de “líderes e instituciones”—, propuso entonces la creación del Nuevo Orden Mundial.

Se trataba de la estrategia de “largo plazo” cuya finalidad geopolítica era dar soporte y hacer realidad la tesis de Mackinder: Apoderarse del Heartland (corazón de la Tierra) de Eurasia. Es decir, la parte europea de Rusia, los territorios de Asia Central hasta las llanuras de Siberia, “territorio de bosque y llanuras sin explotar y rico en recursos como el carbón, la madera, los minerales”, etcétera.

Por lo mismo, la teoría de Occidente se centró primero en la caída de la Unión Soviética —a lo que Brzezinski hizo fiesta en su libro sobre el tema—, plan que les dio resultado con el complot hasta de Juan Pablo II, y luego tratarían de “occidentalizar” a lo que quedó tras el derrumbe de la URSS, la órbita soviética y lo que representa la Rusia de hoy.

Así el imperio estadounidense se ganó el rol hegemónico, porque el Fin de la Historia se había hecho realidad; profundizaría el acoso contra los países “comunistas”, “socialistas” o “marxistas” en todo el mundo, y emprendería el cerco a Rusia en todos los frentes al viejo estilo de la Guerra Fría, en Europa Oriental y desde Asia Central.

El 11/S relanzaría al imperio a la caza de tesoros, todos bajo acciones del “derecho internacional”. En esa dinámica entró Afganistán. El país que ahora abandona Biden. Con una estrategia a ciegas, pues ya sin Brzezinski las miras geopolíticas de la Guerra Fría quedaron en el pasado.

Camuflado el fin de las guerras, EE.UU. gana las batallas. Porque las guerras son el negocio. Qué importa el síndrome Vietnam. No importa perder cuando las guerras son contra civiles, esa suerte de “guerra de guerrillas” —otra vez Vietnam—, en: Afganistán como de Iraq, Siria, Yemen, Somalia, Libia y Níger, donde hay presencia militar en activo y el conflicto se vuelve no contra un ejército regular sino en contra de la población.

Importa no perder el control de los negocios, que incluyen: venta de armas, privatización del conflicto armado en su caso, la financiación de la reconstrucción, el lavado de dinero, la apropiación de los recursos naturales y finalmente el caos social, porque el tejido social queda hecho añicos.

Luego entonces, quien se queda con el control es la maquinaria de guerra. Siguiera los presidentes son los responsables directos, como en Afganistán no lo son de Bush a Obama o Donald Trump. Los auténticos amos de la guerra son: la maquinaria militar-industrial o el Pentágono; es el Estado Mayor Conjunto y sus generales. Más las empresas que los acompañan.

A lo que sí temen los presidentes es al desprestigio, comenzando porque sus propios ciudadanos reaccionan y repudian las atrocidades en su nombre. “El pueblo olvida pronto”, ha dicho recién Antony Blinken. Pero no es verdad.

Menos por las siguientes dos razones: 1) El millonario negocio de la guerra es pagado por los propios ciudadanos estadounidenses vía el pago de impuestos, desde el momento en que los presupuestos tienen el aval del Congreso; 2) Pese a que los grandes medios de comunicación que son parte importante del aparato de dominación y control de la información, se encargan del desvío de la información con distracción de los ciudadanos estadounidenses, las presiones de los años 60 siguen latentes, por eso Vietnam no muere.

Lo que sí pierde el imperio, además de terreno es credibilidad en el mundo y por tanto control y hegemonía. Poder global.

Afganistán es la muestra, con sus secuelas. El aniversario del derrumbe de las Torres Gemelas pondrá el caso en la palestra, donde el fin no justificó los medios. Los “falsos positivos” fueron para apoderarse de las reservas de petróleo.

Para EE.UU. perder Afganistán es perder terreno y posiciones geopolíticas ante Rusia, así como dejar cancha libre al expansionismo de China. ¿En dónde quedó la geopolítica liberal o de los poderes hegemónicos? ¿En dónde los geopolíticos de Biden como a Carter, Nixon o Bush?

Vietnam-Afganistán con el síndrome ya de un imperio que perdió el piso. Y salir de Afganistán empatará con el declive del unilateralismo, en tanto el multilateralismo avanza.

La salida militar, más preguntas

Cabe entonces la cuestión: ¿Qué gana EE.UU. al salir de Afganistán, si tan pronto Biden anunciara el retiro de las tropas —el 31 de agosto fecha límite, los rebeldes presionan para que así sea y amenaza consecuencias (Zabhulla Mujahid, el portavoz talibán)— el ejército talibán se apoderó del país entero en pocas semanas? ¿No el ejército estadounidense iba a terminar con los talibanes y llevar la democracia a Afganistán una vez cazar a Bin Laden?

¿Cómo se explica que al salir EE.UU. de Afganistán la producción de opio aumentó al arribo del ejército estadounidense al crecer los plantíos de amapola? ¿Se queda el negocio a manos de los talibanes, o el control sigue siendo de los estadounidenses, CIA y compañía? ¿Alguien ignora que los propios EE.UU. son quienes manejan el negocio de las drogas en el mundo?

Y, ¿en qué rol queda el ejército invasor, CIA y Pentágono, cuando los ahora rebeldes talibanes salen ganando, pero además fueron capacitados por ellos mismos allá en los tiempos de la guerra contra los soviéticos?

¿Qué rollo con eso de que los talibanes heredaron todo el arsenal del ejército estadounidense, armas y municiones de todo tipo y calibres, ello significa que siguen siendo socios en el país como del enclave regional?

De ser así, tratándose de “socios” o “amigos”, ¿cómo es que el retiro de las tropas estadounidenses ha resultado tan caótico y fuera de control, en el mismo aeropuerto internacional Hamid Karzai de Kabul, al grado que los militares estadounidenses calificaran la situación de “Guerra Mundial Z” (¡Visión cinéfila de los Rambos o guerra de zombies de Cuarta Generación!)?

¿Será que, de plano, si la logística no pasa por el consenso de los “socios”, EE.UU. y la cúpula talibán, la situación se ha escapado de las manos para los generales del Pentágono, qué decir de los políticos, gobierno, embajadores y asesores de seguridad nacional?

Si la salida de los EE.UU. es bajo consenso, luego entonces la situación de la evacuación de civiles, militares y afganos que sirvieron al invasor, está bajo control, permisible. Por tanto, los negocios mencionados seguirán en poder de las empresas o los agentes estadounidenses.

Pero si la confrontación permanece EE.UU.-talibanes entonces el tema se complica en el tiempo para Biden más de lo previsto, y las novedades estarán a la orden del día. Vendrá el recuento de pérdidas para los propios EE.UU., comenzando ahora sí por el propio Biden a quien se presiona para la renuncia.

A esta interpretación abona el atentado suicida en la terminal aérea que dejó 170 muertes, 150 heridos y de los fallecidos 13 militares estadounidenses.

Afganistán se queda bajo el yugo de la Ley Islámica impuesta por los talibanes, pero también con las armas del ejército estadounidense y los grandes negocios entonces sí que cambian de mano.

Este último escenario será la pérdida para EE.UU. y Biden en presencia y hegemonía de la región: Afganistán, Paquistán e India, por lo menos. ¿Será que ello implica la entrada de China al rejuego geopolítico de la zona? Rusia por lo menos ya ganó, al perder EE.UU. la batalla en el enclave afgano.

Por tanto, para EE.UU. la derrota es profunda, porque histórica ya es. Al mismo tiempo implica un cambio de poderes en el escenario global, y donde tanto China como Rusia tendrán nuevos roles.

A otro aniversario del 11/S, la invasión militar de Afganistán y sus causas están a la vista de todos. EE.UU. perdió credibilidad, hegemonía y avanza hacia el declive. Biden cosecha los errores de los anteriores presidentes. La presión por la renuncia aumentará.

Luego entonces, en el rejuego geopolítico ¿será que China irá de la mano con los talibanes para amarrar inversiones en infraestructura, a raíz de la Nueva Ruta de la Seda?

Además, en los talibanes recaerá el erigirse como los derroteros del imperio. Sin olvidar que Afganistán es ya la tumba de tres imperios: Primero el británico en dos ocasiones (1838-42 y 1878-80), luego el soviético tras 10 años de invasión (1989), y ahora el estadounidense (2021) tras 20 años de presencia militar.

También cabe, que si primero Mackinder y recién Brzezinzky tenían razón, que para dominar al mundo habría que apropiarse del corazón de Eurasia, el “área pivote” o la “isla mundial”, luego entonces el cerco a Rusia ha perdido una posición clave.

Cabe entonces, que a raíz del 11/S…:

1) EE.UU. se ha ganado una muy merecida derrota en Afganistán, y a partir de ahora vendrá una recomposición geopolítica regional, tal vez con la incorporación de China;

2) El imperio no cumplió con el objetivo de acabar con el llamado Estado islámico, o su brazo militar, Al Qaeda, el presunto responsable de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Todo resultó en un fiasco más, con miles de muertos de ambos bandos al promover una guerra sin justificación alguna;

3) Se trata de, quizá, la peor derrota para EE.UU. en los escenarios geopolíticos del siglo XXI, donde la multipolaridad se abre camino. Lo anterior es un retroceso para EE.UU., pero también un avance para el mundo.

Porque no es solo Afganistán, el shock para el imperio está a tiro de piedra.

Lunes 30 de agosto 2021.


*) Director de geopolítica.com